Para volver a escucharme
Silencio, escritura y una nueva forma de mirar
7/31/20263 min leer


A veces no hace falta ir muy lejos para reencontrarse, pero sí es necesario detenerse.
Hace una semana pasé unos días en un monasterio. Entre muros antiguos, campanas, pasos lentos y silencios compartidos, he vivido algo que necesitaba más de lo que imaginaba: alejarme por un momento del ruido, cambiar de ritmo y volver a escucharme.
Durante mi estancia he sentido una profunda admiración por la capacidad de estas religiosas para mantener una vida dedicada a Dios y sostenida por la fe, la oración y el silencio. Han elegido apartarse, en gran medida, del ritmo y del ruido del mundo para vivir desde la contemplación, la disciplina y la entrega. Independientemente de las creencias de cada persona, me parece una forma de vida que merece ser observada desde el respeto y la dignidad.
Pero ese silencio no ha significado aislamiento absoluto. He tenido la suerte de mantener con la abadesa conversaciones muy interesantes, entrañables y enriquecedoras. Conversaciones que me han permitido acercarme a una realidad distinta de la mía, comprenderla un poco mejor y abrir la mente a otras maneras de interpretar la vida, la fe, la convivencia y el paso del tiempo.
No ha sido simplemente un descanso. Ha sido una experiencia de contemplación, aprendizaje y apertura. Durante estos días he conocido y valorado otras formas de vida, sostenidas por la disciplina, el respeto, la sencillez y el silencio. Formas distintas de relacionarse con el tiempo, con los demás y con una misma.
He comprendido que el silencio no es necesariamente vacío ni ausencia. A veces, el silencio es un espacio. Un lugar en el que los pensamientos se ordenan, las emociones encuentran su sitio y empiezan a escucharse preguntas que el ruido cotidiano mantiene escondidas.
Allí he aprendido que cambiar de perspectiva también implica abrir la mente. Observar sin juzgar, tratar de comprender otras maneras de vivir y acercarse a ellas desde la empatía y el respeto. No es necesario compartir una forma de vida para reconocer su dignidad, su coherencia o todo aquello que puede enseñarnos.
También he escrito.
He escrito en la celda, en la sala y en la capilla, rodeada de recogimiento y de una calma difícil de encontrar fuera de aquellos muros. De esa experiencia han surgido dos caminos de escritura muy distintos y, al mismo tiempo, profundamente unidos.
Por un lado, ha nacido la escaleta de la que espero que sea mi próxima novela. Una historia que transcurre, en gran parte, entre los muros de un monasterio y que, después de estos días, ha empezado a adquirir una forma mucho más nítida. Habitar durante un tiempo los espacios que aparecerán en ella, escuchar sus sonidos, observar sus rutinas y experimentar sus silencios me ha permitido acercarme a la historia desde un lugar diferente.
Pero también ha surgido una escritura mucho más íntima y personal.
En la capilla, frente a una hoja en blanco, mantuve una conversación con aquello que cada persona nombra como puede: Dios, el universo, la vida o quizá la parte más profunda de una misma. Escribí desde mi necesidad de comprender, de hablar sobre mi padre, de acercarme de otra manera a su ausencia y de intentar reconciliarme, un poco, con la vida.
No sé todavía qué lugar ocuparán esas palabras. Tal vez permanezcan conmigo o quizá algún día encuentren su espacio al final de una historia. Lo que sí sé es que necesitaba escribirlas.
He regresado con la mente más despejada, la mirada más abierta y la certeza de que parar no significa perder el tiempo. Parar también es avanzar, aunque sea de otra manera. Es concedernos espacio para respirar, observar, comprender y reconocer lo que verdaderamente importa.
Vivimos rodeados de estímulos, obligaciones y prisas. Nos acostumbramos tanto al ruido que, a veces, dejamos de escuchar lo que ocurre dentro de nosotros. Por eso es necesario detenerse. Cambiar la mirada. Abrir la mente. Respetar otros ritmos. Escuchar a los demás y aprender, también, a escucharnos.
Quizá no podamos retirarnos siempre del mundo, pero sí podemos buscar pequeños espacios de silencio dentro de él.
Porque, a veces, para volver a encontrarnos, primero tenemos que parar.
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