Una sombrilla cualquiera

No creo en las casualidades

9/1/20263 min leer

No creo en las casualidades.

Quizá por eso, cuando aquel verano me senté por error bajo una sombrilla que no era la mía, no pensé que aquello pudiera significar nada.

Llevaba apenas cuatro o cinco días de vacaciones. Necesitaba parar, respirar, leer, dejar que las horas pasaran sin tener que mirar el reloj. Era la primera vez que estaba de vacaciones sola y todavía estaba aprendiendo a convivir con mis propios silencios.

La sombrilla era azul, de rayas blancas. Cuando regresé del agua, me instalé bajo aquella sombra, tranquilamente, hasta que un hombre se acercó y, con una sonrisa, me dijo que aquella era su sombrilla.

Nos reímos de la confusión. Y ahí podría haber terminado todo. Pero no terminó.

Se llamaba Julián.

No sé cómo pasamos de hablar de sombrillas a hablar de libros, tal vez porque algunas conversaciones encuentran su propio camino. Conversamos sobre lo que habíamos leído, nuestras lecturas actuales, de autores que nos habían acompañado durante años, de novelas que recomendaríamos a cualquiera y de otras que preferiríamos olvidar.

Le conté que escribía. Sin pudor, con seguridad, con confianza. Y le hablé de mis libros (mis “bebés literarios”), de mis proyectos y de esa mezcla de ilusión y dudas que aparece cuando una historia todavía está dentro de ti y no sabes muy bien hacia dónde quiere ir.

Él escuchaba. De vez en cuando me hacía una pregunta o me daba su opinión. Pero en ningún momento con la pretensión de enseñarme nada, sino simplemente compartiendo lo que ha aprendido.

Durante aquellos días volvimos a coincidir varias veces, algunas charlábamos durante horas y otras apenas unos minutos. Y siempre bajo aquella sombrilla azul.

Me resultaba curioso el hecho de que cada vez que me marchaba tenía la sensación de haberme llevado algo nuevo conmigo. Pero no sabía exactamente qué.

Hasta el último día…

Antes de despedirnos, Julián me entregó un pequeño papel doblado.

—Para cuando vuelvas a casa —me dijo.

Lo guardé sin abrirlo en ese momento, pero nada más llegar a mi apartamento lo abrí. Solo había una frase:

Las historias más inesperadas suelen empezar en lugares donde no pensábamos quedarnos.

Me quedé mirándola durante un rato.

Y entonces entendí por qué había sentido aquella familiaridad desde el primer día: Aquel era mi primer verano sin mi padre.

Solo fueron unos pocos días, pero lo había recordado en muchas ocasiones: en las conversaciones sobre libros, en sus recomendaciones, en aquella manera de escucharme cuando le hablaba de mis historias y de mis proyectos.

Julián no se parecía a él. No tenía por qué. Era otra persona, otra vida, otra historia.

Pero había algo en su manera de escuchar y de aconsejar que me lo había devuelto por un instante.

Y, curiosamente, no sentí con tanta fuerza y dolor su ausencia. Todo lo contrario, me calmó. Pudiera ser porque hay personas que pasan por nuestra vida durante un instante y, sin saberlo, despiertan sentimientos que creíamos dormidos.

No sé si volveré a encontrar a Julián. Pero aquella sombrilla, que al principio no era la mía, terminó convirtiéndose en el lugar donde encontré algo que necesitaba sin saberlo.

Y quizá por eso, desde entonces, cuando veo una sombrilla azul de rayas blancas, sonrío.

Nota

Esta historia es ficción. Julián no existe, ni existió aquella sombrilla azul.

Pero sí existe aquello que la inspiró: la ausencia de mi padre, los recuerdos de nuestras conversaciones y esa extraña forma que tiene la memoria de devolvernos, a veces, a quienes ya no están.

Porque hay personas que, aunque se hayan ido, siguen apareciendo en los lugares más inesperados.


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